Un instrumento: la ventana de Johari, para el autoconocimiento.


Un instrumento interesante para reflexionar sobre el conocimiento de uno mismo es la llamada “ventana de Johari”, elaborada por los autores Joseph Luft y Harry Ingham. Según éstos, pueden distinguirse cuatro zonas distintas cuya existencia conviene conocer para poder trabajar en el autoconocimiento. Estas zonas son:


Área abierta o plena luz: se trata de aquella parte de mí mismo que conozco yo y es conocida por los demás. Es una zona caracterizada por el libre intercambio de informaciones entre yo y los demás. Los comportamientos y pensamientos en esta zona son públicos. Según aumenta la confianza en otra persona, esta zona aumenta así como aumenta en la medida en que se comparten más informaciones importantes de carácter personal.


Zona ciega: está formada por aquello que yo ignoro de mí mismo y que, sin embargo, es conocido por los demás. Pueden ser costumbres, modos de reaccionar, de los que no somos conscientes pese a poder ser evidentes para el resto. Por ejemplo: nuestra manera de actuar, nuestro modo de hablar, nuestro estilo de relacionarnos, etc.

Zona o área oculta: Contiene informaciones que yo no quiero que los demás conozcan (“secretos”), quizá por miedo a revelar los propios sentimientos u opiniones, con el riesgo de que esto pueda provocar reacciones en los otros. Normalmente, se trata de defenderse para no ser valorado negativamente. John Powel trascribe este texto en una de sus obras, a propósito de este tema: “Tengo miedo de decirte quién soy, porque si te lo digo, puede que no te guste cómo soy y resulta que... esto es todo lo que tengo. Tengo miedo de ser el que soy contigo...
Tengo miedo de ser juzgado por ti.
Tengo miedo de que me rechaces.
Tengo miedo de que me hagas daño. 
Tengo miedo de que, si realmente soy yo mismo, no me vas a querer; y necesito tu amor tan ansiosamente que jugaré los roles
que tú esperas y seré la persona que te agrade... aunque me pierda a mí mismo en el proceso”.


Zona desconocida: contiene aquello de mí mismo que ni yo ni los demás conocen. Puede haber aquí motivaciones desconocidas o inexploradas, dinámicas personales que no se hacen conscientes, secuelas de algunas experiencias afectivas, potencialidades latentes y recursos aún por descubrir...
El conocimiento de uno mismo pasa por ser conscientes de cómo es nuestra propia ventana, así como tender a aumentar la zona abierta mediante la apertura de uno mismo y la integración de los “feed-back” o aportaciones que recibimos o que podemos pedir a los demás. En la medida en que uno es transparente, auténtico y sincero podrá ser más libre en la relación con el otro, y de modo muy especial, en la relación familiar.


Revisión bibliográfica realizada por:
Psic. Paula Cueva
Psicóloga Clínica
Fuente: Muñoz, C., (2017), Inteligencia Emocional, el secreto para una familia feliz., Dirección General de Familia, Comunidad de Madrid.



Escrito por: Psic. Paula Cueva

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