El envejecimiento



Tradicionalmente, la vejez se ha asociado a un estado de deterioro y pérdida de capacidades físicas y mentales. Afortunadamente, la evolución de la sociedad actual y la mayor calidad de vida en los países industrializados está ayudando mucho a cambiar estas ideas hacia una cultura positiva del envejecimiento.


No es cierto que los avances médicos y científicos hayan logrado alargar la duración máxima de la vida humana. El máximo de edad conocido en los humanos (alrededor de los 115-120 años) no parece haber cambiado en varios miles de años. Lo que sí se ha conseguido, sin embargo, es que cada vez más personas lleguen a edades que antes solo alcanzaban algunos privilegiados; es decir, es evidente un mayor envejecimiento global. Por tanto, lo que se ha incrementado es la expectativa de vida, pero no la duración de la vida humana. Así, se han conocido muchos aspectos relacionados con el envejecimiento, capacidades y alteraciones, que antes se desconocían.
El envejecimiento, que debe distinguirse de la enfermedad, comporta una pérdida natural de algunas funciones que son características, pero no son enfermedades: pérdida de cabello, menopausia, menor agilidad, algunos fallos de memoria, etc.


En la cultura popular anglosajona existe una frase hecha, «Use it or lose it», que se traduciría, literalmente, por «Úsalo o piérdelo», y que representaría la idea de que lo que no se usa, se estropea o se atrofia. Esta frase es aplicable en muchos contextos, pero se recurre con frecuencia a ella en referencia al cerebro, para destacar la importancia de mantener y potenciar la vitalidad cognitiva en el envejecimiento. El estudio de las acciones óptimas y el estilo de vida ideal para alcanzar la vejez y mantenerse en las mejores condiciones posibles es un terreno de investigación muy actual en el que se han realizado grandes aportaciones, aunque aún queda mucho por concretar.


Numerosas investigaciones muestran una imagen optimista acerca de las posibilidades de modificación de los cambios relacionados con la edad en la cognición y en las funciones cerebrales. Se ha demostrado que factores como el estilo de vida, la escolaridad, la profesión, la experiencia, la nutrición y el ejercicio físico influyen en la trayectoria cognitiva a lo largo de la vida y en el bienestar en la vejez.


Los efectos modificadores reales de estos factores cuando los cambios de hábitos y estilo de vida se producen en edades ya avanzadas, aunque cada vez considerados como más positivos, siguen siendo investigados. A finales de los años ochenta se empieza a emplear científicamente una nueva expresión, «reserva cognitiva», que surge de la publicación de una investigación que mostró que, en algunas personas, existía una discrepancia entre las lesiones tipo Alzheimer que mostraban sus cerebros en un análisis post mortem y las manifestaciones clínicas de la enfermedad.


Lo que es lo mismo: para lo bien que rendían cognitiva y funcionalmente en su vida cotidiana, en sus cerebros se hallaron más lesiones propias de la enfermedad de Alzheimer de lo que podía esperarse. La expresión «reserva cognitiva» se refiere, pues, a la resistencia de las capacidades mentales ante las lesiones neuropatológicas del cerebro. La hipótesis de la reserva cognitiva sugiere que existe una plasticidad según la cual el rendimiento cognitivo y la funcionalidad cerebral de los adultos pueden ser de alguna forma modificados por factores ambientales. Uno de esos factores consiste en llevar un estilo de vida comprometido, es decir, activo.


Con esto se sugiere que los cambios en el estilo de vida pueden aumentar la reserva cognitiva, haciendo así a la persona más resistente a los cambios patológicos que puedan producirse en su cerebro. De todo ello no puede deducirse directamente que la experiencia cognitiva acumulada en la vida, o la implicación en un estilo de vida activo, protejan, como si fueran una vacuna, de la enfermedad de Alzheimer, pero sí que contribuyen a que los efectos de la misma sean menos devastadores durante cierto tiempo, ofreciendo así una inestimable oportunidad para optimizar la calidad de vida presente y futura, al permitir planificar el futuro, tanto en lo que respecta a la enfermedad como a todas las circunstancias personales que deseen considerarse. Por otro lado, se ha descrito que, en las personas con alta reserva cognitiva, el deterioro se produce rápidamente una vez alcanzado determinado umbral de afectación cerebral.


Naturalmente, no puede obviarse que el estilo de vida del pasado y las experiencias adquiridas durante toda la trayectoria vital tienen una clara influencia en el proceso de envejecimiento.
Igual de evidente es que no pueden modificarse los factores genéticos que pueden predisponer a un mayor o más rápido deterioro. Aun así, nunca es tarde para modificar los hábitos y procurarse un estilo de vida activo y comprometido que pueda contribuir a la estimulación del sistema cognitivo y funcional. El nivel de compromiso se define por el grado de participación que las personas mayores adopten en actividades físicas, sociales y cognitivamente exigentes.


Las ideas preconcebidas sobre la vejez, transmitidas culturalmente, pueden llevar a ver a las personas mayores bien como a seres decrépitos, o bien como a personas que deben ser valoradas por su experiencia y sabiduría. En los años sesenta, las teorías del Dr. Butler, experto psiquiatra y gerontólogo, sobre la existencia de estereotipos o prejuicios hacia una persona, únicamente por el hecho de ser mayor, le llevaron a acuñar un nuevo término: edadismo. El edadismo ha sido considerado como la tercera gran forma de discriminación social, tras el racismo y el sexismo, e incluso en mayor medida en el mundo occidental. El edadismo se alimenta, entre otras cosas, de la creencia generalizada de muchos mitos sobre las personas mayores, como los que compara y contrarresta con la realidad la Asociación Americana de Psicología.


A consecuencia del edadismo, algunas personas mayores tienden a adoptar una imagen negativa de sí mismos y a comportarse de acuerdo con esta imagen. La infraestimación de las capacidades físicas y mentales puede favorecer una prematura pérdida de independencia, una mayor discapacidad, mayores índices de depresión y una mortalidad anticipada en personas que, en otras condiciones, mantendrían una vida productiva satisfactoria y saludable. Aunque es cierto que, en algunos aspectos, la edad influye en la cognición, se ha generado una creencia popular que suele sobreestimar su alcance.


Esta situación ha sido descrita mediante la idea de «la profecía que se autocumple». Si se cree que el deterioro es inevitable, se reducen las posibilidades de realizar esfuerzos para enfrentarse a él. Esta idea ha sido apoyada por diversos estudios y está considerada como uno de los principales mecanismos por los que se produce el exceso de incapacidad. Por ejemplo, respecto a la memoria se ha demostrado que los fallos comunes y cotidianos de memoria tienden a ser juzgados mucho más estrictamente cuando el autor del fallo es una persona mayor. Es decir, el mismo error que puede hacer gracia o provocar bromas en un adulto joven a menudo es tratado como un indicador de declive cognitivo en una persona mayor. Además, las actitudes edadistas pueden influir en la forma en que se trata a las personas mayores, tanto en contextos privados y familiares como sociales y profesionales.


Para reducir el edadismo deben producirse cambios en los sistemas que lo perpetúan, como los medios de comunicación, la cultura popular, las instituciones, etc. Para ello, es necesario realizar una aproximación planificada a estas ideas y actitudes, tanto desde un enfoque de investigación aplicada como desde la intervención en distintos niveles. De entre estas intervenciones, una de las más cruciales es aumentar la formación y educación de las propias personas mayores y sus familias. Distintos estudios han demostrado que el cambio de actitudes edadistas es posible y, para que el cambio se mantenga a largo plazo, no solo debe proporcionarse información, sino que, además, deben reforzarse las actitudes no edadistas, de forma que influyan en el repertorio de creencias de las personas.


Aunque todo dependa del color del cristal con que se mire, a primera vista el envejecimiento puede aportar más ventajas que desventajas, como han apuntado grandes investigadores. Las personas mayores, ciertamente, tienen algunas desventajas sobre las jóvenes, como por ejemplo las siguientes:


—Suelen ser más lentos en el aprendizaje de cosas nuevas.
—La recuperación de nombres y palabras puede resultarles más dificultosa.
—A menudo les cuesta más evocar hechos con claridad.


Pero aún son más las ventajas de los mayores sobre los jóvenes, ya que, en general:


—Se tiene mayor facilidad para ubicar la información en contextos significativos.
—Se puede ser capaz de emplear un mayor número de palabras de forma más original y/o precisa.
—Se puede emplear el recuerdo de situaciones vitales para extraer conclusiones generales (lo que suele referirse como sabiduría).
—La experiencia adquirida facilita habilidades para la supervisión.
—Se tiene mayor capacidad para detectar las intenciones y motivos de otros.
—Su pensamiento es más estratégico, orientado a largo plazo.
—Se tiene más paciencia y tolerancia hacia los demás, así como mayor capacidad para resolver discusiones.
—Se dispone de un gran almacén de información personal, cultural e histórica.
Además, una de las características en la vida de las personas mayores suele ser la disponibilidad de tiempo, a lo que debería sacarse el máximo partido posible en beneficio propio. Algunas reflexiones pueden servirnos de punto de partida para comprender por qué debe amortizarse ese tiempo al máximo:
—En general, las prioridades en la vida suelen cambiar, siendo más fácil determinar cuáles son las de cada uno y centrarse en las que se consideran más importantes. Los años de experiencia dan sus frutos.
—Se suelen dar menos cosas por supuestas y se conocen los inconvenientes de posponer las cosas. Es un hecho que existe menos tiempo vital para alcanzar sueños imposibles, por lo que es mejor centrarse en lo que realmente puede realizarse.
—Esa mayor disponibilidad de tiempo puede permitir ser más creativo y más productivo.
¿Por qué no dejar que estas ventajas se inviertan en envejecer activamente?


Revisión bibliográfica realizada por:
Psic. Paula Cueva
Psicóloga Clínica
Fuente: Gramunt, N., (2010), Vive en envejecimiento activo, Memoria y otros retos cotidianos. Obra Social Fundación ”la Caixa”.


Escrito por: Psic. Paula Cueva

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